El Señor me habló un día de nuevo... Como anteriormente en muchos otros días de mi vida, en los que mencionaba su nombre con todas sus letras: «Yo soy, Yahvé es mi nombre, el altísimo Dios, Señor de Cielo y Tierra, Dios dador de la vida, el Creador de todo, del infinito universo... Yahvé, el Señor Dios Rey de los Ejércitos... El Dios Rey de Israel».
Lo escuchaba hablar desde fuera de mí; su voz dirigida a mi sentido auditivo, a mis oídos, casi siempre cuando estaba ya en la cama dispuesto a dormir, cada noche, cuando me proponía como siempre hacer mi oración para el Señor, y en otras ocasiones cuando despertaba al siguiente día.
El tiempo pasa y, cuando se lleva una vida sin la presencia de Dios, sólo hay en nuestra existencia pesadas cadenas que nos atan al pecado y, por lo mismo, al sufrimiento continuo. Pero nuestro Señor Dios que nos ama verdaderamente, nos libera y salva, por el honor de su santo nombre.
Para todo hombre, pienso y creo, es muy difícil entender y llevar a su plena realización todos los buenos propósitos que nos nacen del corazón, respecto al cumplimiento de la Palabra de Dios. Aunque yo sé que debemos pedirle al Señor Todopoderoso la luz de su Santo Espíritu, la cual nos dará un buen raciocinio, fortaleza y discernimiento para desempeñarnos diariamente con todas las ganas, en cada una de nuestras actividades, que son parte de nuestro desarrollo como seres humanos habitantes de la Tierra, que el mismo Dios creó para todos, nosotros sus hijos, por el gran amor que nos tiene.